EL NIÑO PIRATA UNO DE LEON

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EL NIÑO PIRATA UNO DE LEON

Mensaje  LEON GETZEL el Dom Sep 06, 2009 3:47 pm

Pueblo en una de las islas Antillas, sacudida sus costas por el mar bravío, casitas viejas demostraban que habitaron muchas familias con sus historias, algunas, de marinos que desaparecieron en el océano, otras, leyendas sobre barcos piratas.

Pescadores con sus barcos recorrían el mar con la esperanza de una buena pesca, siempre los esperaban ansiosos sus familias, amigos. La economía del pueblo dependía de ellos.

¡Cuántos no regresaban! El mar no perdonaba. Cada madre, esposa, hijo, miraban preocupados para divisar la embarcación, en la capilla era frecuente verlos rezar.

En las noches era costumbre hacer reuniones en la costa comiendo pescado, contando cuentos, algunos fantásticos y otros que eran recuerdos.

Los niños escuchaban, era la mayor alegría para ellos, Los cuentos los transformaban en sueños con viajes en barcos piratas que recorrían el océano.

Cierto día, apareció un gran barco, flameaba una bandera con la figura de un esqueleto humano con una guadaña en la mano vestida de negro representando a la muerte.

El pueblo alborotado vió absorto ese barco como si fuera un fantasma. Se escondieron en sus casas esperando la llegada de sus tripulantes. Desde sus ventanas observaban una embarcación que se arrimaba a la costa. El capitán del barco Iba parado, enarbolando una bandera blanca. Junto a él viajaban marineros.

La costa estaba desierta, cuando llegaron, descendieron, el capitán gritando dijo:

─ ¿Dónde está el pueblo?

Levantando su pistola disparó varios tiros al aire, nadie respondía, avanzando, disparando otra vez, se acercaba a las viviendas. Un señor, de avanzada edad, apareció acercándose dijo:

─ Bajen las armas, soy el intendente Mario Contreras. El capitán ordenó hacerlo.

─ De acuerdo, acérquese.

Don Mario, sigiloso, dijo:

─ Comprendo su comportamiento, tratándose de un barco pirata, pero sepa que este pueblo es pacífico, vivimos de la pesca y no queremos problemas.

El capitán sorprendido por las tranquilas palabras que le decía le pidió que se sentaran para conversar amigablemente.

Asi lo hicieron, ya en una mesa improvisada, hablaron.

─ Como apreciará, somos un barco pirata, soy el capitán y me llaman Cien Fuegos, pero mi nombre es Francisco Almafuerte. Hemos venido obligatoriamente a este pueblo porque tenemos que abastecernos de comida, elementos del barco que se han desmejorado y descansar en el pueblo un tiempo. No queremos ocasionarles problemas, pero comprenderá que somos bandidos del mar, somos piratas y no respetamos la propiedad ajena, pero en este caso solo queremos su colaboración hasta que nos vayamos.

Respiró tranquilo don Mario.

─ Muy bien capitán, si es asi, nosotros colaboraremos, aunque le aclaro que es un pueblo pobre.

─ De acuerdo señor…

─ Mario Contreras.

─ Perfecto, yo lo acompañaré y juntos nos dirá donde viviremos hasta que nos vayamos.

─ Por supuesto, le indicaré, no encontrará lujo, pero sí, limpieza y buena comida.

Juntos fueron a un bar, atendidos con preferencia conversaron amablemente.

Ubicados, no surgieron conflictos.

Mientras tanto, las familias que veían ese barco flotando cerca de sus costas, no salían de su vivienda, tenían miedo a esa gente que consideraban malhechores, ladrones y no veían la hora de que se fueran.

La bandera, flameando en el barco, les ocasionaba miedo.

Un barco pirata era como un fantasma en sus costas.

Los niños, aterrados, pensaban fantasías, eran cuentos convertidos en realidad.

Carmelito, con sus doce años, conversaba con sus amiguitos, sus comentarios eran sobre el barco pirata.

Pasaron unos días, los vistantes actuaban de muy buena manera y participaron de reuniones contando sus hazañas.

Los pobladores se reunídos en la costa, cantaban canciones del lugar, bailaban, el capitan gozaba con ellos y cantaba en otro idioma.

Los niños participaban, gozaban de la compañía de los marinos.

Cuando amanecía, solo quedaron algunos para charlar.

La familia de Carmelito conversaba con el capitán, los invitó para que conocieran el barco.

Carmelito escuchaba atentamente la proposición.

Aceptaron y quedaron para ir al día siguiente.

Leon



FIN DEL CAPÌTULO UNO








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